Cogiendo se conoce gente

Una producción de Omar Romay

jueves, septiembre 15

Sorpresa y media

Se acabó, pensé. La fiesta había sido una reunión con la música medio fuerte, con cierto desfile de vinos (ni muchos ni muy buenos) y cuantiosas botellas de cerveza (que yo prefiero evitar, pero sin oponer una férrea resistencia). El tipo que me pareció que me gustaba se había retirado temprano. Me gustaba de lejos y esa noche no había sacado a pasear ninguna de mis destrezas arrolladoras. Simplemente me había dejado llevar por esas vueltas y vueltas que habían terminado en Belgrano, en cierto living, en cierta pretendida fiesta que no pasaba de reunión.

En general prefiero retirarme –triunfante o no– promediando la madrugada, pero las cosas no se habían dado y ahí estaba yo, algo ebria, lidiando con una nada emprendedora voluntad de levantar y, para qué negarlo, dispuesta a dejarme arrastrar por las circunstancias, que… bueno… no prometían nada de nada.

Quedábamos unas diez personas. Mis conocidos ya se habían retirado. De repente, una nueva conversación con un hombre divino (¿dónde estaba antes?). Cosa va, cosa viene, se me despertó la máquina de atacar y el desconocido me acompañó a casa.

Charlamos, charlamos, charlamos. En medio de la conversación, me pareció que era posible enamorarme de esa persona. Y sí, me enamoré hablando de cine y eligiendo discos. Así de enamorada estaba que charloteando, charloteando se nos hizo de mañana.

Luego vino el beso, los besos, las caricias, las caricias desenfrenadas, las contorsiones que a veces se presentan al momento de desvestirse para no desprenderse del otro. Cuando palpé cómo venía (media sorpresa), no encontré contundencia ­­–como diría Belloto– y me desenamoré un poco, pero el desenamoramiento no me duró nada. No me duró nada porque el pibe tenía unas manitos de esas (sorpresa), de esas que conocen de qué se trata absolutamente todo y además se pronunció así: “Puedo hacer esto por horas”. Claro, pensará algún vivillo. Y sí, claro, pero excelente predisposición y yo... bueno... tuve tantos orgasmos como él dedos. Y ahí me enamoré de nuevo.

No quiero decir con esto que sólo disfruté de sus racimos virtuosos, pero sí que es lo que me hace sonreír ahora mientras me acuerdo de él. El enamoramiento duró una semana y después se desvaneció sin dejar rastros, pero la semana fue intensa, intensa por las noches y por las mañanas.

No hay nada que hacer: el que sabe, sabe.