Antídoto
Hay días en que parece que la cabeza está a punto de estallar. Porque el trabajo fue un quilombo, porque el colectivo parecía una lata de sardinas, porque se rompió el taco del zapato bajando un cordón, porque almorzamos a las cuatro de la tarde, porque llueve y hace frío, porque las relaciones humanas son complicadas, más todos los etcéteras que al lector se le puedan ocurrir.
Días extraños, dice un amigo.
Presa del más absoluto fastidio, escucho los mensajes en el contestador: uno equivocado invitando a Marta a la comunión de Lucila, uno pregrabado que pretende que a mí me interesa comprar un auto, uno de mi madre que no dice nada pero hace acto de presencia y uno que no llega a ser tal porque quien llama prefiere dejar pasar dos segundos y cortar.
Me detengo a pensar en el mensaje que no lo es y fantaseo con la posibilidad de que va a volver a llamar. Como si lo hubiese deseado muy fuertemente y eso sirviese para algo, cuando termino de ducharme el teléfono suena otra vez. Atiendo y escucho un “Hola, Bombón. ¿En qué andás?”.
Oculto mi fastidio, porque al caballero acaso no le importe y porque estoy dispuesta a recibir su dosis de caramelo.
“Ah, recién llego. ¿Querés venir?”
“Te llamaba justamente para eso”
“Bueno, te espero. Un beso”
Recién salida de la ducha, decido esperar en bata… total. Mi humor no está para preparar la escena ni nada que se le parezca.
Abro la puerta y hago pasar a C, que viene con un entusiasmo para la conversación que a mí no me interesa. Durante un rato pongo cara de que lo escucho, pero me pierdo en sus detalles milimétricos sobre alguna cuestión que no logro redondear del todo porque no me importa y porque mi cabeza, a pesar de la ducha, el llamado y la visita, sigue en clave de fastidio.
Irrumpo con un “¿Nos vamos a la cama?”, y como el tipo es gauchito rápidamente echa manos a la masa.
No voy a dar muchos detalles porque esta vuelta no vienen mucho al caso. El asunto es que, cuando una tiene uno de estos días, resulta de mucha utilidad el back-up de caramelo con buena onda. Porque no hay lo que hacer: no hay mejor antídoto para el fastidio que un buen polvo.


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