Pregunta un lector...
Si cogiendo se conoce gente... entonces acá, en Rosario, que es bastannnte difícil coger "de onda", ¿la gente es totalmente antisocial?
(Gracias Pablo Moyano, el lector)
Una producción de Omar Romay

Si cogiendo se conoce gente... entonces acá, en Rosario, que es bastannnte difícil coger "de onda", ¿la gente es totalmente antisocial?
Después de tanto tiempo, tantos años, volví a verte ayer, de lejos, bajando de un auto. Iba en un taxi, yo, y a través de la neblina (esa neblina rara de estos días) alcancé a distinguirte entre los demás, los hombres que no me cogí o no me acuerdo. ¿Cuántas veces nos vimos? ¿Dos, tres? No sé, fue raro. Yo era chico (vos no tanto), a ninguno de los dos pareció importarle, ninguno se estremeció y sin embargo, al día de hoy, debo decir que aquellos fueron mis mejores polvos. Pensé que todavía me faltaba mucho, que tenía la vida por delante, que ya vendrían muchas experiencias... y las hubo, es verdad, y fueron satisfactorias, es cierto, pero aún así, y aunque no me creas, aquellos, cuando tenía dieciseis años, fueron... en fin, ya lo dije.
Burbuja y Bellota, que hace rato no postean, son señoritas.
Me dejó un comment, dos, tres. Me mandó un mail. Se las ingenió para conseguir mi teléfono y grabar un mensaje hilarante. Me invitó a un restaurant divino. Era inteligente, lindo, gracioso, auto-sustentado (¡basta de mantener lúmpenes! ¡suéltame, pasado!). Pasó a buscarme en auto.
Era tan pero tan lindo que por una vez no importó que, frente a mi biblioteca, hiciera la vieja y remanida pregunta: (léase con voz de mucha sorpresa) "¿Los leíste TODOS?"
Ya van dos. Asumo que es porque somos pocos y nos conocemos mucho. Lo cierto es que M llega antes, siempre. Pero por la poca información que tengo de ella, creo que no hay dos personas más distintas en el mundo que M y yo. Sin embargo ya vamos coincidiendo -casualidad mediante- en dos conocidos. Sobre el primero no era muy difícil pensar (y de última siempre hay ex). Pero hace unos días la coincidencia se dio por segunda vez y me empecé a preocupar.
Nos pusimos a discurrir con mi amigo B* sobre la polémica teoría de Bombón.
Sé que me gusta y sospecho que a él algo mío le atrae (que puede que no sea eso, pero algo es algo y entonces, ¿por qué no? ¿Por qué sí? ¿Porque sí?). Por lo demás, no hacemos más que repetir eso, el momento awkward en el que hablamos de alguna cosa que suena importante y tal vez no lo es tanto. Nos vamos enroscando. Pero cada vez más, aclaramos y oscurece. ¿Histeria? ¿Fiaca o ganas de evitar alguna polémica? ¿Habrá que hacerle caso a Bombón y adherir al “polvo diferido, polvo perdido”? ¿Cómo dar el primer paso y no quedar en off-side?
Pensé que la había perdido para siempre y que con ella se habían ido mis posibilidades de conocer gente de aquí a la eternidad.
Hay días en que parece que la cabeza está a punto de estallar. Porque el trabajo fue un quilombo, porque el colectivo parecía una lata de sardinas, porque se rompió el taco del zapato bajando un cordón, porque almorzamos a las cuatro de la tarde, porque llueve y hace frío, porque las relaciones humanas son complicadas, más todos los etcéteras que al lector se le puedan ocurrir.
No me molesta el calor, me agrada ir viendo cómo se empiezan a exhibir los cuerpos y las pieles. Pero me indigna la impunidad ad hoc. A partir de ayer no se puede ir degustando un Torpedo por la calle que una tiene que escuchar una cantidad de guarradas inexplicables. ¿Todo porque empezó la primavera? Un día antes, ni lo registraban. Y ahora, paf. "Olivia, subíte a mi Torpedo" o "no le saques la lengua, usála para otra cosa" o "palo palo palo palo bonito, palo eh". Por citar sólo tres cosas que me dijeron ayer por Colegiales en menos de tres cuadras, heladito en mano.
Se acabó, pensé. La fiesta había sido una reunión con la música medio fuerte, con cierto desfile de vinos (ni muchos ni muy buenos) y cuantiosas botellas de cerveza (que yo prefiero evitar, pero sin oponer una férrea resistencia). El tipo que me pareció que me gustaba se había retirado temprano. Me gustaba de lejos y esa noche no había sacado a pasear ninguna de mis destrezas arrolladoras. Simplemente me había dejado llevar por esas vueltas y vueltas que habían terminado en Belgrano, en cierto living, en cierta pretendida fiesta que no pasaba de reunión.
En general prefiero retirarme –triunfante o no– promediando la madrugada, pero las cosas no se habían dado y ahí estaba yo, algo ebria, lidiando con una nada emprendedora voluntad de levantar y, para qué negarlo, dispuesta a dejarme arrastrar por las circunstancias, que… bueno… no prometían nada de nada.
Quedábamos unas diez personas. Mis conocidos ya se habían retirado. De repente, una nueva conversación con un hombre divino (¿dónde estaba antes?). Cosa va, cosa viene, se me despertó la máquina de atacar y el desconocido me acompañó a casa.
Charlamos, charlamos, charlamos. En medio de la conversación, me pareció que era posible enamorarme de esa persona. Y sí, me enamoré hablando de cine y eligiendo discos. Así de enamorada estaba que charloteando, charloteando se nos hizo de mañana.
Luego vino el beso, los besos, las caricias, las caricias desenfrenadas, las contorsiones que a veces se presentan al momento de desvestirse para no desprenderse del otro. Cuando palpé cómo venía (media sorpresa), no encontré contundencia –como diría Belloto– y me desenamoré un poco, pero el desenamoramiento no me duró nada. No me duró nada porque el pibe tenía unas manitos de esas (sorpresa), de esas que conocen de qué se trata absolutamente todo y además se pronunció así: “Puedo hacer esto por horas”. Claro, pensará algún vivillo. Y sí, claro, pero excelente predisposición y yo... bueno... tuve tantos orgasmos como él dedos. Y ahí me enamoré de nuevo.
No quiero decir con esto que sólo disfruté de sus racimos virtuosos, pero sí que es lo que me hace sonreír ahora mientras me acuerdo de él. El enamoramiento duró una semana y después se desvaneció sin dejar rastros, pero la semana fue intensa, intensa por las noches y por las mañanas.
No hay nada que hacer: el que sabe, sabe.
Yo empiezo por los pies. Me encanta explorar todo el largo de las piernas de ese que me gustó y dije “chau”. De ahí en adelante un par de acomodamientos en la silla, buscar la disposición justa en la mesa (ideal para una cena entre varias personas, de esas largas y con muchos vinos), sacar discretamente por debajo del mantel mi calzado y empezar la expedición. Debo agradecer la extensión de mis piernas. Por ellas este tipo de maniobras suele tener algún efecto más o menos inmediato. Una vez que mis pies encontraron la presa y que ella se deja indagar sin objeciones (la discreción del personaje en cuestión debe ser total y si entendió el código improvisará la misma cara de póker que pongo yo ante los demás comensales que divagan, por caso, sobre un libro de Salgari). Algunas pieles se sorprenden pero es un instante de roce. Después no se despegan. Si no me conformo aplico la pinza: mis dos piernas atrapan las del otro, oprimen bien fuerte y las detienen hasta que yo diga basta.
Era el "chico grande" que me gustaba a los 15. Ese que nunca te daría bola. Me llevaba cuatro años nomás, pero a esa edad, eso es "ser grande".
En la terraza del hotel de una conocida e importante ciudad hermana latinoamericana, departía amablemente con X, músico de nuestro país con quien por casualidad coincidí en la urbanización de marras. Una discreta borrachera compartíamos aquella noche. Habló de su ex, su actual, sus hijos, la dinámica del cangrejo y mil cosas interesantes. En cierto momento, no sabría reconocer por qué, la charla derivó hacia el porno. Más bien, ocurrió lo siguiente: